A principios de los años 80, Longines buscaba refrescar su imagen tras la crisis del cuarzo, apostando por diseños más vanguardistas y artísticos. Para ello, colaboraron con el diseñador suizo Rodolphe Cattin, quien creó la línea «Rodolphe by Longines».
Este reloj destaca por romper la estructura tradicional de «caja y correas». El diseño se basa en la continuidad visual, donde las asas desaparecen para dar paso a un brazalete integrado que parece nacer del mismo cuerpo del reloj. La esfera en tono crema o champagne, junto con el fechador a las 6 en lugar de las tradicionales 3, aporta una simetría perfecta que evoca el refinamiento clásico de la marca, pero con una ejecución técnica moderna para su tiempo. Fue una época donde Longines demostró que podía competir en diseño con las casas más grandes de la alta relojería, manteniendo su identidad de «Elegancia es una actitud».
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